martes, 20 de enero de 2009

¡Quién Avisa No Es Traidor!

¡Quién Avisa No Es Traidor!

¡Cuánto te odio! No puedes ni imaginártelo. ¿Sabes? No sé porque apareciste, no sé porque entraste en mi; sólo sé que me has ido invadiendo, que te has ido instalando poco a poco, pero inexorablemente, en mi cuerpo. Sólo sé que me has engañado. Me has mentido. Yo creía que serías algo pasajero, que estarías un tiempo conmigo y que luego te irías. ¡Qué demonios! ¡Ni siquiera sabía que nombre tenías! Pero no te has ido, al contrario, te has aposentado. Te has hecho dueña de mi cuerpo, de mi mente y de mi vida. Has instalado tu hogar dentro de mí y lo has hecho confortable para ti, como si tu idea fuera no irte nunca… ¡Quedarte para siempre!

¡Por Dios! Por poco me vuelves loca. Al principio no sabía qué ocurría. Al principio pensaba que todo era debido a la operación en mi pie. Fue muy traumática. Pensé que me moría. El dolor era tan fuerte que se convirtió en insoportable. Los calmantes que me daban no me hacían efecto. Apenas podía dormir, ni de noche, ni de día. El traumatólogo que me operó me dijo que no me preocupara, que era norma y que el postoperatorio era largo y doloroso porque, en el pie, hay millones de terminaciones nerviosas; que había tenido que cortar muchas y que hasta que volvieran a conectarse, el dolor era de lo más normal. Y, yo, me lo creí.

El problema era que iban pasando los meses y el dolor no remitía, al contrario, cada día que pasaba iba en aumento, y lo peor es que del pie empezó a pasar a otras partes de mi cuerpo.

Un día era tal el dolor que tenía en las caderas que me fui a urgencias. Allí me dijeron que era debido a mi problema óseo (osteocondromatosis múltiple bilateral) y que el roce de un tendón con un hueso deformado era la causa de ese dolor. Me pusieron una inyección de urbasón, junto con valium y enantyum y me informaron que, con reposo, en pocos días desaparecería.

Pero no desapareció, al contrario, día a día fue en aumento, cada vez más y más insoportable. Durante un mes completo visité, a diario, las urgencias de mi hospital de referencia. Iba con la ayuda de mi marido pues apenas podía caminar del dolor tan intenso que sentía. Pasaba horas mal sentada en aquellas incómodas sillas sin saber si iba a poder soportar aquel dolor durante más tiempo. En alguna ocasión, las auxiliares de enfermería, debieron darse cuenta, por la expresión de mi cara, de mi sufrimiento y consiguieron que algún médico me pusiera un gotero con calmantes y me tumbaran en una camilla mientras esperaba a que me atendieran.

Durante cada uno de los días de ese mes, cuando me visitaba el médico (casi siempre médicos jóvenes recién salidos de la Universidad haciendo prácticas) me hacían radiografías y analíticas y todo salía bien. ¡No había Nada! Siempre acababan diciéndome que lo mío era psicológico y que lo que tenía que hacer era visitar al psiquiatra, que iba a ser el único que podría ayudarme. ¡Ya ves! ¡Me tomaban por loca!

A partir de ahí empezó mi peregrinar por un amplio rosario de médicos: psiquiatras, traumatólogos, reumatólogos… y el resultado siempre era el mismo: “Señora, usted no tiene nada; lo suyo es una depresión que está somatizando y eso es lo que le produce el dolor”.

Cuando tantos médicos (se suponía que profesionales y estudiosos que estaban al día de todo) me repetían siempre la misma coletilla, llegó un momento en el que casi acabé creyendo que todo me lo estaba inventando yo.

Un médico llegó a decirme que lo que tenía era mucho cuento y pocas ganas de trabajar; que me dejara de tonterías y de inventarme que me dolía porque su buen ojo clínico le decía que yo no tenía cara de sufrir ningún tipo de dolor. Prefiero no decir lo que le respondí.

Y, así, fueron pasando los años, cada vez con más dolor, cada día más incapacitada. Pasé de tener mi casa como una patena a tenerla hecha un asco. Pasé de ser una persona activa, a la que le gustaba hacer mil y una cosas, a no poder casi ni moverme. Cada cosa que hacía me exigía cada vez más y más esfuerzo.

Empezó el insomnio. Me podía pasar seis días con sus seis noches sin cerrar los ojos. Así que, siempre, acababa ingresada por agotamiento físico y mental. Cinco o seis días de ingreso, con ansiolíticos, tranquilizantes, relajantes musculares y somníferos y, luego, de vuelta a casa. A los tres o cuatro meses (si llegaba), vuelta a empezar.

En uno de esos habituales ingresos, un día, el internista y el traumatólogo dejaron caer la palabra “fibromiálgia”. A mí eso me sonó a chino, no tenía ni idea de qué era eso. Pero me sonó muy mal y me asusté (y con motivos aunque, entonces, aún no lo sabía). El internista me derivó a la Unidad del Dolor y, allí, después de una exploración exhaustiva y de tocarme unos puntos específicos repartidos por todo el cuerpo, me diagnosticaron Fibromiálgia y me explicaron, por fin, quién y qué eras.

Por fin te pude poner nombre y empezar a conocerte. Y a medida que más te conocía más te odiaba. Por fin, después de 11 años sabía quién eras. Lo que aún no sabía del todo eran los planes que tú tenías para mí.

Al año de esto quise tener una segunda opinión y me fui a visitar con un reumatólogo, en Barcelona (de pago) especializado en ti y que llevaba desde el año 2000 estudiándote e investigándote. Me hizo hacer una serie de pruebas y analíticas. Entre ellas la prueba del esfuerzo, una polisomnografía; me mandó a la psiconeuróloga (para que me hiciera un test neurocognitivo) que dio, como resultado, que no había afectación neurocognitiva.

La prueba del esfuerzo (repetida dos veces) dio como resultado que tú me habías quitado mi energía; en palabras claras y fáciles de entender: sólo tenía energía para una hora y media de trabajo, pero sin esfuerzos. La polisomnografía descubrió que tenía un principio de síndrome de piernas inquietas.

Me puso un tratamiento que coincidía con el que me habían puesto en la Unidad del Dolor.

A partir de ahí, cada día que pasaba era peor. El dolor aumentaba y no me permitía hacer nada. Cualquier esfuerzo que hacía, por pequeño que fuera, me dejaba fuera de servicio durante dos o tres días. El dolor era tan insoportable que me tenía que meter en la cama. Cada mes que pasaba me costaba más tiempo recuperarme de cualquier pequeño esfuerzo. Mi depresión empeoraba cada día que pasaba. Cada vez estaba más desanimada, hundida, con menos ganas de moverme, de salir, de disfrutar… ¡Jolín… si es que no podía ni coger a mi hijo pequeño en brazos!

Cuando regresé a Barcelona, para una revisión, el reumatólogo me informó que, a ti (fibromiálgia) se te había unido una compañera cuyo nombre era Fatiga Crónica, amén de agravar, aún más, mi depresión crónica debido a tanto dolor y agotamiento continuado. Y es que yo me pregunto ¿cómo no tener depresión cuando el dolor y el agotamiento te acompañan cada minuto, hora, día y mes durante años y años?

Y ¿aún te preguntas por qué te odio tanto? Te has apoderado de mi cuerpo, de mi mente, de mi vida… Me has arruinado la vida por completo. Me la has cambiado radicalmente. Ya no soy, ni seré nunca, la que era. Has roto mis relaciones sociales (me agota tener que estar justificándome todo el tiempo), estás rompiendo mis relaciones familiares (por ejemplo: mis hermanos, tíos, primos… no creen que te tenga conmigo); me provocas crisis de angustia, de ansiedad, de pánico. Has afectado y estás afectando directamente a la vida y al ánimo de mis hijos, de mi marido, de mi madre…

Has robado mi vida, te has apoderado de ella. Y por todo eso y mucho más: ¡Te Odio!

Pero me odio todavía más a mi misma por habértelo permitido, por haber consentido que lo hicieras, por no impedírtelo.

Ten clara una cosa (yo ya la tengo) eres mi enemiga, soy tu enemiga y voy a luchar con todas mis fuerzas contra ti. Quizá no consiga que te vayas, pero, por lo menos, lo habré intentado y te mantendré a raya.

A partir de ahora YO voy a mandar en mi vida. Voy a volver a coger las riendas que un día solté y te entregué a ti.

A partir de ahora tú NO vas a poder conmigo.

¡¡Quién Avisa No Es Traidor!! Y… ya estás Avisada.

En Badajoz, a 19 de enero de 2009

Carmen Rodríguez Cost

2 comentarios:

Anónimo dijo...

hola soy ana parecia que estaba leyendo mi historia con esta enfermedad,pero bueno debemos de ser optimistas en nuestro dolor asi que nunca decaigas y cuando te encuentres mal piensa en la gente que te quiere y si necesitas hablar con alguien llamame,
y me cuenttas esas sensaciones que compartimos y que seguro que hemos sentidos todas las personas que tenemos alguna de estas enfermedades, besos ana

Rosazul dijo...

Hola Ana.

Muchas gracias por tu comentario. Y, Sí, hay que ser optimistas y positivas, pero a veces me pregunto ¿Y cómo consigo eso?

Besotes

Rosazul (Carmen_Bdjz)

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